jueves, 28 de enero de 2010

Lapsus (2)


¿Un payaso? Sí, no había duda, lo mirase como lo mirase, era un payaso.

¿Por qué alguien querría retratar un payaso? Quién sabe, podría tratarse de algún tipo de terapia para enfrentarse a un inequívoco trauma infantil. Pero luego se tira, se quema, se pasa página, borrón y cuenta nueva… ¿Quién en su sano juicio guardaría semejante esperpento, peor aún, lo expondría? Por no hablar de la inefable ley de la oferta y la demanda. Si está a la venta es porque alguien está dispuesto a comprarlo. ¿Qué tipo de perversidad es esa?

Laura no podía parar el incesante parloteo interno. Un torrente imparable que arramblaba con cualquier intento de desaceleración.

Excusas, defensas. Jugaba al escondite con la pregunta que más miedo le daba, ¿Por qué estaba ella mirando ese cuadro?

Seguía sin querer plantearse la gran pregunta y huía despavorida de un intento de respuesta. Racionalizar, rápido, única vía de escape.

Laura se giró hacia la señora galerista y bien imbuida en su papel de niña buena, le sonrío amablemente.

_ Una obra excepcional. Discúlpeme, se me ha hecho tarde. No dude en que volveré en otro momento.

Y Laura salió como una autómata sin mirar atrás.

Ni sabía ni le importaba a dónde se dirigía, en su cerebro sólo había sitio para una orden concreta, seguir caminando. Adelantar un pie, apoyar, adelantar el otro, apoyar, un, dos y vuelta a empezar.

Le encantaba el Retiro y más en esa época del año. Había empezado el otoño y el color verde dejaba paso a toda una gama de rojizos pero la temperatura todavía era veraniega. Cuando el verano se apalancaba le costaba mucho dejar la ciudad.

Sus piernas la llevaron hasta un rincón solitario del parque y se tumbó boca abajo sobre la hierba apoyando su cabeza en el antebrazo.

De tanto buscar en su interior, se quedó dormida.

jueves, 21 de enero de 2010

lapsus (1)

¿Por qué ahora? Hacía tiempo que no le había vuelto a pasar. Ni siquiera había pensado en ello. El simple hecho de que de repente se plantara en su cabeza algo dado por perdido ya daba que pensar. La misma sensación como cuando desaparecía un calcetín del cajón y aparecía meses más tarde en el mismo sitio. ¿Existían otras dimensiones? Y esa misma sensación de no entender nada, de estar perdido entre varios mundos desconocidos le venía ahora a la cabeza.

A ver, repasemos. Salí de casa por la mañana para ir al Vip´s, comprar unas revistas y desayunar. Tenía hambre… y sigo con hambre… ¿Qué coño hago ahora en una galería de arte frente a este cuadro?

_ Bonito, ¿verdad?_ Por fin una voz fuera de mi cabeza.

Un señora rozando los 60, muy elegante y solícita se había colocado a su espalda. Laura se giró al oír la voz y con ese sencillo gesto la realidad pareció volver a su lugar habitual.

Lo único que salió de la boca de Laura fue un hola de lo más inexpresivo. Se quedó mirando a la señora buscando alguna explicación al hecho de estar allí sin saber por qué. Pero la buena mujer no estaba ahí para dar pistas sobre la salud mental de Laura sino para vender cuadros.

_ Es una obra excepcional. En la otra sala tenemos más de este mismo autor si le interesa._

_ ¿Cuánto tiempo llevo aquí?

_ El tiempo parece detenerse cuando uno contempla una obra como ésta, ¿verdad?

¿Hablaba en serio la señora galerista y sabía algo o se trataba simplemente de una estúpida frase hecha para cautivar a posibles compradores inseguros (y ricos)?

De repente Laura se dio cuenta de que no recordaba cómo era el cuadro. Se suponía que llevaba ahí un buen rato plantada contemplando la magnífica obra de no sabe quién y ni siquiera lo recordaba.

Evidentemente había que verlo _ Si estoy aquí es por este cuadro, así que tendré que mirarlo_ Pero Laura no se movía. Seguía mirando fijamente a la vendedora de arte. (Que mal suena eso de vendedora de arte, tiene incluso algo de inmoral. Perdón, estábamos con Laura)

La vendedora de arte no se amilanó ante la extraña actitud de Laura, por el contrario, le regaló a la joven una de sus mejores sonrisas. Esa respuesta era aún peor que la realidad que le esperaba delante.

jueves, 3 de diciembre de 2009

A veces uno piensa que es mejor no hacer nada, no mover nada, dejar todo como está. O peor aún, abrir muchas puertas si cerrar ninguna a nuestro paso.

En una suerte de malabarismo cósmico, tememos que si una pelotita cae, a tomar por saco el equilibrio existencial de nuestras vidas. Pero ¿por qué tanto esfuerzo en no ver, en no mirar a nuestro alrededor, tan concentrados en que no se nos caiga la puñetera pelotita?

Reconozco que hay que ser muy valiente o muy irracional para mandar todo al cuerno y empezar de nuevo. Pero sólo es así en nuestro sistema de pensamiento, en lo que nos han enseñado que es la vida.

Nos dirige el miedo y no ese miedo irracional del que siempre se habla sino el otro, el más jodido, el racional. Ese que nos obliga a mantener las pelotitas en el aire. Ese que en cuanto ve un resquicio de irracionalidad nos añade otra pelotita para volver a conducirnos por el buen camino. El camino de “la responsabilidad y la madurez”.

Qué dos palabras más maltratadas y tristemente prostituidas. ¿Dónde quedaron sus verdaderos significados, su poder real? Como tantas otras cayeron en desgracia, perdieron su poder y fueron utilizadas para abanderar nuestra falta de libertad. Y encima sin permiso.



miércoles, 18 de noviembre de 2009

Hay ocasiones en las que los pensamientos nos desbordan. Ideas y contraideas chocan entre si como animalillos enjaulados.

Rápido, una vía de escape. Hazlo consciente. Escribe

Pero no se puede escribir todo lo que uno tiene en la cabeza, sólo se puede transcribir un hilo de pensamiento.

Se puede ser racional y entonces el discurso transcurre plácidamente a la sombra de nuestro propio juez o se puede intentar uno liberar de las cadenas y entonces lo escrito no tiene ningún sentido. ¿O sí?

Algún tipo de mecanismo interno nos hace pensar que lo que no es racional no tiene sentido. Muchos pensarán ¿Y las emociones? ¿Y los sentimientos?

Pero no es más que un espejismo. Miento. No es más que lo que nuestro pensamiento nos regala de vez en cuando para que nos sintamos vivos y dejemos de darle el coñazo con un sinfín de preguntas.

Hay personas incluso que ni se permiten esos pequeños recreos. Claro, que tampoco se hacen preguntas.

jueves, 12 de noviembre de 2009

Es mi primer día... mi primera vez.
Suena cursi, es cierto. Siempre nos alejamos de las palabras cursis. Palabras que esconden emociones cursis. Como si se tratara de un debilidad, las escondemos, las acompañamos con otras palabras, otros gestos. Las reforzamos con grandes y dañinas muestras de ironía y sarcasmo.
Las palabras cursis nos dan miedo. No caben en nuestra forma de comunicarnos. Nos asustan en nosotros mismos y nos incitan al ataque cuando las oímos en otra persona.
Siempre al acecho de una pequeña brecha, un destello de cursilería, para entrar a matar.
Un tremendo esfuerzo diario, casi siempre inconsciente, de maquillar nuestras emociones. De que esas terribles palabras no se escapen sin nuestro consentimiento o con el armamento suficiente preparado para contraatacar.
Y si diésemos rienda suelta a nuestras palabras cursis? Qué pasaría?